Emprender un proyecto artístico siempre implica sus propios desafíos, y esta aventura supuso un doble reto para mí. Por un lado, teníamos que lidiar con nuestras propias expectativas y, por otro, el público siempre espera que demostremos resultados tangibles.
Como fotógrafo, nuestro objetivo es transmitir en nuestras imágenes las emociones vividas en el lugar y compartirlas con todas las personas que ven nuestras fotos, sean quienes sean.
A lo largo de este proyecto me vi haciendo retratos frente a una cámara, lo que resultó ser un gran desafío. Tenía que pensar tanto en el sujeto como en el entorno que lo rodeaba, al tiempo que mantenía la atención en los espectadores presentes y en la grabación continua del documental.
Si me concentrara únicamente en mi propia fotografía, perdería la conexión con quien la mira, contradiciendo precisamente el propósito de transmitir emociones y reflexiones a través de mi trabajo, al mismo tiempo que compartimos los encuentros y las luchas de las personas que descubrimos en la película.
La luz de Laponia en enero es extraordinaria, una especie de puesta de sol eterna con un tono rosado persistente que dura horas: un auténtico sueño para cualquier fotógrafo. Sin embargo, la temperatura oscila entre -35 y -15 grados Celsius, si tenemos suerte, y este factor puede transformar rápidamente un momento idílico en una auténtica pesadilla.
En este tipo de proyectos siempre existe una incertidumbre constante. Aunque ofrece la oportunidad de crear vínculos significativos y vivir emociones intensas, también implica importantes desafíos técnicos y humanos.
Nunca me había enfrentado realmente a un frío tan extremo y sabía muy poco sobre su impacto tanto en mí como en mi equipo. Para que te hagas una idea, los cristales líquidos del visor de mi cámara empezaron a fallar al cabo de unos minutos, y algunos nunca volvieron a la normalidad. Mi teléfono también sufrió, aunque por suerte resistió un poco mejor.
Otro gran desafío, que puede ser perjudicial para el equipo, es la condensación. En estas condiciones no puedes refugiarte rápidamente en el calor, ya que sería como sumergir el equipo en un lago. Tuvimos que crear zonas de transición térmica, desde el maletero del coche hasta el porche, luego a la entrada, y así sucesivamente. Todo se vuelve más complicado y más extremo en estas circunstancias, pero los paisajes y los encuentros hacen que todo merezca la pena.
He trabajado con el equipo Elinchrom desde el principio, y siempre ha sido uno de mis compañeros de viaje más fieles. Para esta aventura en particular, opté por utilizar el nuevo Elinchrom FIVE principalmente por dos razones. Durante una sesión, los retratos son rápidos e improvisados. No hay un estudio cómodo ni una pantalla sofisticada para retocar. Teníamos que fotografiar a la gente allí donde la encontráramos, sin importar el tiempo o las condiciones de luz.
El Elinchrom FIVE es un flash increíblemente potente, lo que me ofrecía opciones muy valiosas a la hora de improvisar un retrato. Con él puedo reforzar una escena a contraluz o iluminar a una persona y su entorno más amplio, si es necesario. Además, su larga autonomía me dio aún más confianza, ya que, como descubrí, el frío agota las baterías con rapidez.
Hubo momentos en los que tuve que sujetar el flash con la mano izquierda mientras sostenía la cámara con la otra. Eso supone un reto debido al peso del equipo, pero esa pequeña incomodidad me obliga a trabajar con muchísima rapidez, haciendo que la toma sea instintiva. Forma parte de mi ADN como retratista dejar que el momento suceda sin pensarlo demasiado, vivirlo de manera intuitiva sin saber realmente cuál será el resultado.
En cuanto a la iluminación, para mí era esencial viajar ligero. En casi todos mis retratos utilizo la Rotalux Square Softbox de 70 cm (27″) por lo práctica que resulta cuando viajo. Es ideal para retratos cercanos, pero combinada con la potencia del Elinchrom FIVE también me permite iluminar un área más amplia manteniendo al sujeto como punto focal del haz de luz. En mi opinión, es una combinación indispensable.
En última instancia, es precisamente por estos desafíos que la aventura se vuelve tan mágica. Estar en el corazón de un programa de televisión es una experiencia única y enriquecedora, pero sobre todo es una forma ideal de compartir mi arte, y el arte en general, con un público más amplio. A pesar de algunos contratiempos iniciales y de los dedos entumecidos por el frío, seguimos adelante, igual que el equipo. Mi iPhone tuvo algunos problemas, pero el Elinchrom FIVE, en cambio, se mantuvo fiable, lo cual tranquiliza. Aunque no esperaba menos de los productos de mis amigos suizos, que me acompañan desde el inicio de esta maravillosa aventura.
Philippe Echaroux, fotógrafo y retratista nacido en 1983, es el creador de Street Art 2.0. Sus proyecciones de luz llevan mensajes impactantes a las calles de distintas ciudades, entre ellas Barcelona, Marsella, París, La Habana, Val d'Isere y Crans-Montana. Al elegir estratégicamente lugares como edificios, árboles, puentes y espacios vinculados a acontecimientos significativos, Echaroux los ilumina con su graffiti de luz y los fotografía. En abril de 2016, hizo historia al llevar el street art al corazón de la selva amazónica, proyectando imágenes de la tribu Suruí sobre los árboles. Más allá de la estética, la obra de Echaroux tiene una intención política: concienciar sobre la situación de los bosques y defender el medioambiente. Es un artista comprometido con las crisis ecológicas a las que se enfrenta nuestro planeta.